Educación en Chile: no hay soluciones obvias

- Jue, 08/09/2011

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Autor: Alejandra Marinovic, Profesora Asistente de la Escuela de Negocios de la Universidad Adolfo Ibáñez (Chile).
 
El escenario es altamente complejo. Ya van tres meses de movilizaciones de miles por las calles y numerosos colegios y universidades sin clases. La agenda nacional ha ido acomodando los jueves de protestas y caceroleos nocturnos. La muerte de un joven de 16 años en un lamentable incidente con la fuerza policial llena las portadas de la prensa, junto con las reuniones en La Moneda (casa de gobierno). El petitorio de los estudiantes movilizados, en conjunto con los profesores, es no sólo amplísimo, sino diverso y profundo.
 
Me parece bien que el tema esté en toda su extensión y relevancia sobre la mesa. Los indicadores económicos chilenos, a todas luces robustos y en camino a ir consolidando su pertenencia a una elite de naciones desarrolladas, ofrecen un escenario que asegura que es un buen momento para discutir el futuro de la educación. La gente lo percibe en los bolsillos.
 
Chile lidera la región en ingreso per cápita (en torno a 15 mil dólares anuales medido en paridad de compra), y las proyecciones lo acercan dentro de esta década a los niveles de países más avanzados. El precio del cobre, principal exportación, se ha mantenido alto en los años recientes, lo que, junto con un manejo prudente de estos ingresos y políticas macroeconómicas apreciadas a nivel mundial, le han permitido sortear bastante bien la crisis subprime y exhibir cifras sostenidas de crecimiento y bajo desempleo.
 
 Sin embargo, la distribución del ingreso es una de las peores del mundo, y eso se refleja en la calidad y acceso que tienen los chilenos a múltiples servicios, partiendo por educación y salud, y continuando por transporte y servicios financieros. Las diferencias y la segregación son muy profundas, y tienen sólidas raíces en las instituciones. Si no se aborda este problema, no podremos transitar hacia "el desarrollo", concebido no como ingreso per cápita, sino como calidad de vida para cada habitante.
 
Aunque hay recursos para poder abordar los problemas, las instituciones políticas no han estado a la altura de las circunstancias. El gobierno exhibe la más alta desaprobación vista en décadas, y la oposición, que gobernó en los 20 años previos, no sale mucho mejor evaluada en las encuestas. La clase política sufre de un fuerte desprestigio, a pesar de que Chile no ha mostrado altos niveles de corrupción.
 
Los estudiantes, y luego sus padres, los profesores, y el resto del país, ha decidido llevar el problema a la calle al no encontrar eco en sus representantes del ejecutivo o en el parlamento. Estos son los jóvenes que las encuestas y la participación e inscripción electoral muestran como desinteresados. Se necesita un gran esfuerzo para reencausar la discusión hacia las instituciones que la democracia, reconquistada duramente, ofrece. Y, afortunadamente, habrá que asegurar la incorporación de estas fuerzas sociales que han mostrado su potencia, si se quiere tener éxito.
 
El entorno para abordar estas necesarias transformaciones es radicalmente distinto al de hace algunos años. La revolución tecnológica que estamos viviendo y el impulso innegable de la globalización hacen que los puntos de referencia que tiene la sociedad, y en especial los jóvenes, ya no sean de carácter local. Un colegial de una zona rural con acceso a internet puede fácilmente ver cómo es la educación en otros países y, si lo desea, conversar con sus pares de otro hemisferio y conocer su material de clases.
 
Si a eso le sumamos (sólo por dar algunos ejemplos) la gran cantidad de información que muestra cómo crecen los países y los flujos financieros, las indemnizaciones millonarias de algunos ejecutivos, la expansión de transnacionales, y cómo algunas empresas se enriquecen sostenidamente a pocas cuadras (o bits) de distancia, no debería extrañarnos que el petitorio sea extenso. Pero más que esto, lo que se percibe en los estudiantes es la fuerte sospecha de lo que podrían lograr si tuvieran los medios que jóvenes similares a ellos tienen en otros países "del club". Las expectativas de nuestros jóvenes y de la sociedad en su conjunto, en buena hora, han dado un salto.
 
Las universidades e instituciones de educación superior tienen en este escenario un rol fundamental. Como líderes de la formación de profesionales y técnicos, les cabe la responsabilidad de estar a tono con el ritmo de los tiempos, y formar ciudadanos capaces de llevar a la sociedad a alcanzar su potencial, el cual se ha visto ampliado exponencialmente por la tecnología.
 
Este potencial, sin embargo, no tiene sus raíces en los recursos financieros, sino en la persona humana como fuente de creatividad y valor, y como centro de las estructuras sociales. Dicho potencial no puede ser alcanzado si faltan algunos a la cita con el conocimiento, o, como está en muchos de los lemas universitarios, con la verdad. ¿Cómo dar un fuerte impulso a la educación en Chile para no faltar a la cita? No hay soluciones obvias. No obstante, la discusión abierta y en profundidad es sin lugar a dudas el primer paso.
 

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